Por Ismael Jalil (*)
Nada sucede en vano en la historia sostiene Ernest Mandel. Y si es verdad que a la larga los hechos históricos surten efectos positivos, estamos ciertos en que la actual avanzada fascista que se despliega en el mundo y muy especialmente en la Argentina, puede revertirse.
No es un enunciado aspiracional voluntarista o mera expresión de deseos, sino una certeza fundada en la convicción de que ese proceso de profundo cambio y avance hacia lo que unos califican como progresista, otros como socialismo, y muchos otros con lo nuevo que no termina por nacer, está en nuestras manos colectivas (no en un líder o lideresa providencial, tampoco en un dogma).
Nunca un líder, cuadro político o “referente” per se, mucho menos la teoría, hacen la historia. Es indispensable contar con las masas. Lo que parece una verdad de perogrullo, no lo es tanto a la luz de la actualidad y no sólo de la nuestra.
ENTRE LA CONCENTRACION Y LO DISCIPLINARIO
Asistimos a un proceso de reorganización hegemónica del capital. Es una deriva propia de la crisis desatada en el 2008 cuando la burbuja financiera de Lehman Brothers estallara en el corazón de Wall Street. Esa crisis capitalista sin embargo no es una crisis más. En un brutal reconocimiento de ello, diez años después, la tristemente recordada Christine Lagarde (FMI) sostuvo que “el verdadero legado de la crisis no puede evaluarse debidamente después de 10 años, porque aún no ha llegado a su término”.
Cierto es que no se concibe al sistema capitalista, en tanto cultura totalizante, sin esas crisis que se reproducen cada vez con mayor frecuencia y severidad.
Del mismo modo que es erróneo relativizar la capacidad del capitalismo para salir de cada una de ellas con un nivel más acentuado de explotación y opresión. Cuando la ex directora del FMI hacía estas declaraciones el proceso de desigualdad resultante en América Latina indicaba que el 40 % más pobre recibía el 15% del ingreso mientras el 10% más rico se alzaba con el 33%. Después de la pandemia, esta correlación se vio manifiestamente alterada en favor de los más ricos. Sin embargo, esas acumulaciones tienen un límite, pues el capitalismo necesita atenuarlas para seguir expandiéndose, materialmente esa es su razón de ser. Por eso cada vez que sale de una crisis nos distrae, divide y fragmenta, que es el modo más efectivo de expresar su hegemonía.
Por ello también, el proceso de concentrar la riqueza en pocas manos y centralizar el comando represivo para su custodia es la tarea que obsesiona a los poderosos en esta etapa del capitalismo tardío que muchos identifican como neoliberalismo.
El proceso de concentración entraña la reformulación de la relación capital-trabajo y el necesario disciplinamiento de la población que termine legitimándolo. Esto explica en parte, el ascenso de -entre otros- Trump en EEUU, de Meloni en Italia, y de Milei entre nosotros.
Decimos que lo explica en parte, porque lo otro – y a esta altura determinante- hay que buscarlo en los desaciertos, errores y/o limitaciones propias.
Ya nadie duda que la mayor virtud capitalista ha sido la naturalización de sus barbaries. Penetrar con el “sentido común” propio de los verdugos la subjetividad de sus víctimas. Explicar la desigualdad a través de la meritocracia no es más que una canallada del enemigo, aceptarla por parte de nuestra gente es un fracaso estrepitoso nuestro.
Y el primer rasgo y más notable de ese fracaso, ha sido el dejar de vivir las injusticias sociales como drama colectivo para ingresar a la órbita nociva de lo individual.
“La experiencia subjetiva de las desigualdades propias de un sistema de clases, que a veces lleva a olvidar muchas otras desigualdades, actualmente está recubierta por una sumatoria de experiencias singulares e individualizadas en las cuales cada uno se siente desigual “en calidad de” trabajador, precarizado o estable, joven o viejo, hombre o mujer, etc….la lista es infinita “ (Francois Dubet en El nuevo régimen de las desigualdades solitarias).
Y esto ha sido un proceso vertiginoso de demolición de la experiencia resistente con su traducción en términos políticos. Los partidos políticos, los frentes, las organizaciones en general han sido atravesados por limitaciones ideológicas en unos y desorientación en otros.
La distracción ha costado caro. Se mide en pésimas lecturas de la realidad. En subestimaciones del enemigo. En un proceso de fragmentación, aislamiento y sectorización inaudito.
Las versiones policíacas de la historia, atribuyéndole a los “traidores” todos los males del mundo, es otra caracterización errada. Una simplificación que desmerece el análisis y aleja la autocrítica.
Ni Scioli, ni Alberto ni mucho menos Massa son traidores. Quienes abrevamos en la mirada revolucionaria de J.W. Cooke sabemos que ante la disyuntiva de radicalizarse o ser la otra pata del sistema, esos nombres expresan un concreto alineamiento con la segunda opción.
La imperturbable cara de Sergio Massa anunciando que en el caso de ganar la elección su primera medida sería la declaración de grupo terrorista de Hamás, mientras del brazo con la DAIA legitimaba el genocidio palestino en manos del sionismo y hasta mentó un presunto derecho de defensa de Israel, exime de mayores comentarios
Como también exime de mayores comentarios la posterior incorporación del motonauta al gabinete mileìsta y antes, el arrugue de Alberto por la estafa Vicentìn.
La política de conciliación de clases no conduce sino a la confusión de las clases y ese suele ser el río revuelto en dónde el pescador obtiene una profusa cosecha.
El mal menor, es antes que nada un mal.
A su turno desde la izquierda, aparece una carencia de ideas que no se puede resolver sólo con el permanente acompañamiento de sus referentes a todas las luchas que se dan en las calles (circunstancia nada menor por su carácter distintivo, pero notoriamente insuficiente). Por otro lado, la apelación al delimitacionismo más allá de los principios antiimperialistas, de la denuncia del capitalismo y del patriarcado, es un error metodológico en la instancia que atravesamos.
Mientras existan certezas de articulaciones democráticas, hay dos premisas básicas que deberían profundizarse. La unidad como objetivo irrenunciable (y a largo, muy largo plazo) y la apertura de todo el activo militante hacia los diversos frentes de masas, “con un claro propósito y una estrategia común, variada en su aplicación, pero no aguada por malabarismos palabreros” (COOKE otra vez)
Estamos ante una disyuntiva de hierro, una asincronía fatal. O nos disponemos a tramar acuerdos que permitan unificar criterios comunes frente a un enemigo que se pasea impune por el barrio o seguimos distraídos detrás de mezquindades políticas que nos aíslan y sectorizan facilitando la tarea del depredador.
La suerte es bien distinta aún para la hipótesis nada despreciable de una derrota electoral. Lo electoral es un frente más que no debemos soslayar pero que tampoco amerita sobredimensionar. No es un aluvión de votos lo definitorio. Es un proceso que derive en un programa liberador lo que se impone. La prueba es la elección de 2019.
¿Qué significa contar con las masas?
Recuperar el carácter de lo antagónico, apostar a la tensión y a la polarización, a la confrontación, es una necesidad impostergable.
Dar esa lucha sin organización ni respaldo masivo, es suicida.
Se habla con mucha ligereza de la correlación de fuerzas. Se afirma que es negativa “porque gran parte del pueblo responde a los postulados del enemigo” al tiempo que no se demuestra voluntad genuina de querer revertirla. Y se hace especial hincapié en el rol de los sectores medios en esa necesidad ignorando que -como sostuvo Kusch- “estos se aferran al poder y al hacer esto pierden el sentido de la convivencia”. Claro, no estamos diciendo que se prescinda de ese sector social, sino que no puede resultar ese sector permanente objeto social de seducción y a cualquier costo. Algunos episodios como la apelación de Juan Grabois al “paredón para trabajadores docentes y sanitarios que incumplen” deberían evitarse.
Mientras en el peronismo se lanzan candidaturas e internas y formaciones que se presentan como nuevas cuando no son otra cosa que refritos de todo lo conocido, en la izquierda se boicotean decisiones acertadas que ratifican en muchos casos el carácter sectario y minoritario de amplios sectores del armado.
La llamada marcha unitaria del pasado 24 de Marzo fue un ejemplo de lo que había que hacer y lo que no. La masiva concurrencia demostró claramente la necesidad de organizar una respuesta contundente a las políticas de la autocracia gobernante y la “unidad” planteada es un atisbo de esa respuesta.
Entrecomillamos unidad porque sabemos de lo riesgoso que entraña confundir el alcance del término pues no debe tomarse literalmente dado la complejidad que supone limar diferencias sustanciales, ceder y conceder. Hay compañeras y compañeros que observan correctamente la necesidad de ser menos “ampulosos” y proponen establecer acuerdos. Se ha podido verificar en las últimas marchas en las calles y en algunas articulaciones en el Congreso, que ese es el camino.
Estamos ante un gobierno al que NADA le importa el deterioro social, toda vez que ha acentuado el carácter violento del estado como reaseguro para su cometido ya que las únicas necesidades que se cubren son las rentables mientras las exigencias sociales se desatienden.
Es la capacidad de disciplinamiento social lo que determina el “éxito” de esta gestión estatal y esa capacidad no es otra que el despliegue de su potencial represivo.
Ahora bien,si las políticas represivas pueden concebirse como la única política de estado (todos los gobiernos con mayor o menor acentuación la han aplicado) qué diferencia a la etapa actual?
Se reformula el derecho que consolida el perfil punitivo incorporando los avances tecnológicos y dejando atrás la etapa “liberal” de su concepción y serán las categorías bélicas las que fundamenten las nuevas tácticas represivas. En paralelo, la actual etapa indica una concreta desvalorización de las oposiciones binarias (explotadores y explotados, capitalismo-socialismo, violencia de arriba-violencia defensista,etc.) reemplazados por discursos y representaciones creadoras de un nuevo sentido común orientado a desmovilizar, aislar y facilitar de este modo la aplicación quirúrgica de las respuestas represivas.
La calle es central a la hora de dirimir estas cuestiones. Nada acosa más a la clase dominante que el descontrol de la movilización callejera. El fantasma del 2001 suele perturbar el sueño de los country.
La apelación oficial entonces es “institucionalidad”, una legalidad que asegura el cumplimiento de instancias meramente formales y que resultan indispensables a la hora de justificar la magnitud de la transferencia de recursos e ingresos que desde las clases subalternas va a parar a manos de la clase dominante.
De allí que la constante apelación del tàndem Milei Bulrrich para instalar la idea de un acto terrorista en cada manifestación sea algo más que un disparate propio de dos energúmenos.
La idea no es nueva: instalar una teoría conspirativa en la que las causas sociales que obligan a levantarse y resistir sean distorsionadas, devaluadas y ninguneadas bajo la excusa de “un plan desestabilizador de las democracias” que autoriza a los gobiernos a ir con todo contra las protestas.
Frente a este panorama la necesidad de articular en conjunto para confrontar en todos los frentes y en especial en las calles, se torna indispensable.
La apatía, la melancolía y la sensación de derrota que muchas veces marchitan las luchas de resistencia (que siguen vigentes y es necesario abonar) sólo se revierte si se combate al aislamiento, el carácter solitario de la denuncia que se milita y por encima de todo, si recuperamos la masividad. Apostar a una victoria a largo plazo requiere mucho más que el simple registro de un gran descontento.
Lejos de la subordinación a lo posible como del aislamiento que propone lo ideal, lo nuevo, el futuro en Argentina y en América Latina, será creación heroica y se gesta codo a codo, desde abajo, en unidad, sosteniendo cada lucha, cada rebeldía emancipadora.
Lejos también de las delimitaciones y sectarismos absurdos, la exclusión que siembra la derecha se revierte si hay disputa en el horizonte de un rumbo compartido.
(*) Abogado de Correpi y defensor de la causa Palestina