PATRIA GRANDE | 27 JUL 2025

DESDE VENEZUELA

HABLEMOS DE MIGRANTES

La migración es un derecho reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado, así como a salir de cualquier país, incluido el propio, y a regresar a él




Por Gustavo A Rosendo Orozco (*)

En primer término se hace necesario detallar todas las acepciones que acarrea el trillado tema de la migración, sea esta voluntaria o forzada por las circunstancias.           

 Migrante: Es el término más amplio y se refiere a cualquier persona que se desplaza de su lugar de residencia habitual, ya sea dentro de un mismo país o hacia otro país.

Emigrante:Se refiere a la persona que sale de su país de origen para establecerse en otro país.

Inmigrante: Se refiere a la persona que llega a un país extranjero para establecerse en él.

La migración es un derecho reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado, así como a salir de cualquier país, incluido el propio, y a regresar a él.

Sin embargo, cada Estado tiene la potestad de establecer sus propias leyes migratorias y decidir quién puede entrar o salir de su territorio.

En nuestro país el grueso de la población ha sido migrante, pues la mayoría provenimos de la gran masa rural a la que perteneciamos hasta bien avanzado el siglo XX.

En nuestro caso la aparición del petróleo, oro negro o excremento del diablo, marcó el inicio de una migración interna que nos trajo del campo a la ciudad, en búsqueda de mejores oportunidades de vida.

Mi generación migró fundamentalmente buscando oportunidades de trabajo a o de estudio, pues nuestros padres manejaban el concepto de "Estudiar para ser alguien" como un incentivo para sus hijos, cuando estos ya habían sido probados en las lides del trabajo familiar no remunerado.

Entonces los jóvenes párvulos íbamos a la casa de algún familiar que había hecho nido en una de las grandes ciudades del país.  Con el aliciente de volver a nuestro lugar de origen al menos de vacaciones.

Aquél regreso momentáneo, significaba un retoque a los valores y principios fundamentales de nuestro núcleo familiar, donde el respeto, la honestidad, la solidaridad eran conceptos aprendidos en el ejercicio práctico y en la cotidianidad del día a día.

Las nuevas generaciones de los años 80 en adelante han vivido otro tipo de migración en la que, forzados por las circunstancias políticas, sociales o económicas, han emigrado hacia otros países. Sin siquiera conocer la cultura, la idiosincrasia o las leyes del país al que llegan.

Es una especie de ley no escrita, la que establece que los hijos debemos salir del hogar materno a formar nuestro propio hogar. Sólo que en las generaciones pasadas el arraigo era tal, que los hijos se sentían obligados a ayudar al que se quedaba al cuidado de los viejos.

 

Las nuevas generaciones rompieron con esa regla, de tal suerte, que su partida se convierte en un verdadero desprendimiento del núcleo familiar, con las consecuencias psicológicas que la soledad y el abandono llevan consigo.

Las grandes preguntas a responder son ¿por qué hubo semejante rompimiento?¿En qué fallamos? ¿Qué dejamos de cultivar? ¿Seguimos creyendo que lo hicimos lo mejor posible?

Hoy a la distancia física que nos separa de nuestra prole, se suma una insoslayable distancia espiritual y un debilitamiento en las relaciones personales.

Quizá en nuestro empeño de no cortar el vuelo de nuestros hijos, les dejamos tanta autonomía de vuelo, que ya ni se ocupan, ni se preocupan de la familia, que con todas las limitantes, les dió el ser y el hacer para poder defenderse en la vida.

Más allá de las circunstancias políticas conexas al caso de nuestros 252 migrantes recién regresados, nos contentamos por todas esas familias que abren sus brazos para recibir a los que, quizás hasta les habían abandonado involuntariamente.                                    

 Justo es reconocer a un gobierno que jamás los abandonó a su suerte y que gestionó ante todos los organismos competentes el regreso de aquellos que; se fueron tras del sueño americano, vivieron la pesadilla carcelaria, tanto en USA como en el Salvador y que hoy regresan a la realidad venezolana a reiniciar sus vidas.

Deseamos que nuestro gobierno y nuestros empresarios sumen voluntades para darle una nueva oportunidad a nuestros compatriotas con trabajos dignos y salarios justos. Y que tengan además oportunidades de estudio para su superación personal.

Estas son mis reflexiones familiares para ustedes mis queridos lectores. Les recuerdo leer analizar y compartir.

(*)  Poeta de La Vega. Desde Barquisimeto, (Lara-Venezuela)   rosendo.gustavo@gmail.com