viernes 17 de septiembre de 2021 - Edición Nº381

DDHH | 3 jun 2021

Por Sandra Raggio

La Noche de los lápices, la justicia y las formas de memoria.

Nuestra agrupación Populismo k siempre se ha ocupado de la temática de DDHH, prueba de ello y nuestra campaña continúa por la libertad de TODOS los presos políticos y contra el lawfare (guerra judicial mediática). En este portal contamos con una sección especial sobre DDHH. Hoy publicamos un artículo de Sandra Raggio, docente universitaria, profesora de Historia, Magister en Ciencias Sociales y Directora de la Comisión Provincial por la memoria CPM , a quien el año pasado entrevistamos en nuestro ciclo De 25 reportajes individuales APORTES PARA UN PROGRAMA DE GOBIERNO POST PANDEMIA, ciclo que puede encontrarse completo en nuestro facebook Populismo K


La Noche de los lápices sigue contándose una vez
más. Esta vez en las audiencias orales y públicas
donde se juzgan los crímenes de lesa humanidad
cometidos en los centros clandestinos que
funcionaron en las Brigadas de la policía
bonaerense de Quilmes, Banfield y Avellaneda, 45
años después. Otra vez esperamos que Etchecolatz
sea condenado a la pena máxima.
Han pasado 36 años del histórico “Juicio a las Juntas
Militares” sin embargo buena parte de las historias
allí contadas han sido dichas en innumerables
oportunidades. Los hechos no han variado, lo que
pasó, pasó y fue probado. Sin embargo, las formas
de narrar, han ido cambiado y lo seguirán haciendo.
En aquel Juicio de 1985, los testimonios que
pudieron dar cuenta de los hechos que componen
“La Noche de los lápices” - nombrado así por
primera vez en el Informe Nunca Más - fueron
varios, al menos los de Walter Docters, Nelba
Falcone, Nora Ungaro, Alberto Carminatti, Gustavo
Calotti, José Maria Noviello y Pablo Diaz. Poco
tiempo después, en 1986, declararían en la causa
Camps, Emilce Moler, su padre Oscar Moler,
Patricia Miranda y Alicia Carminati.
De todos, el testimonio de Pablo Díaz fue el vector
de la historia que al poco tiempo dio forma a un
libro y una película, aun de gran repercusión y
visionado. Denominado “el único sobreviviente” se
transformó en una víctima emblemática del
terrorismo de estado.
La memoria es selectiva, lo sabemos, tanto la
individual como la colectiva. Nunca recordamos
todo. Nunca recordamos solos. Estas tesis han sido
las que formuló Maurice Halbwachs cuando
escribía sobre la memoria y sus marcos sociales, en
el periodo de entreguerras. Y han sido
corroboradas más de una vez.
Como fenómeno social, la memoria tiene historia, y
solo puede ser comprendida en las luchas sociales y
políticas donde se inscribe, se construye y se
transmite.
“La Noche de los Lápices” emergió como relato a
mediados de los ochenta, como trama narrativa de
la “víctima inocente”, cuya selectividad memorial se
centró en el silenciamiento de la adscripción
política de quienes fueron los blancos de la
represión del estado terrorista. 

Fue una estrategia para evadir la teoría de los dos
demonios y buscar la empatía con la sociedad,
anclada en su posibilidad de reconocerse como
posible sujeto de persecución. Para pasar de
aquella frase de “por algo habrá sido” sostenida en
la dictadura, a “nos podría haber pasado a todos” de
la transición. Al mismo tiempo, este relato eludía la
acción punitiva por parte del estado para aquellos
militantes que habían sido miembros de las
organizaciones armadas y sus formaciones de
superficie.
Esta trama narrativa, se configuró con algunos
elementos claves: la edad de las víctimas y las
razones de los secuestros, torturas y desapariciones.
Eran adolescentes, estudiantes secundarios que solo
peleaban por el boleto escolar.
El Juicio a las Juntas, fue el escenario de memoria,
en los términos que lo enuncia Feld: lugar donde se
expresa un discurso verosímil sobre el pasado. Allí,
el pasado fue enunciado y legitimado bajo el
régimen de la verdad jurídica. El libro de María
Seoane y Héctor Ruiz Núñez y luego la película,
fueron los artefactos culturales donde encontró
vectores de transmisión en el género de periodismo
de investigación y de melodrama cinematográfico
respectivamente.
El relato resultó efectivo, capaz de sortear la mirada
acusatoria de la sociedad sobre las víctimas,
sospechadas de “terrorismo” y, al mismo tiempo,
despertar el repudio enérgico sobre la dictadura. El
relato conectaba con los apremios de una
democracia emergida de la dictadura, en relación a
cuáles serían las demandas acordes a un ciclo
histórico que presentaba tantos desafíos como
límites. La historia así contada, recreaba una idea
de la política circunscripta a la acción colectiva por
reclamos legítimos de derechos progresivos. Ese
era el modelo a seguir para luchar por una sociedad
mejor, y así evitar una demanda radicalizada que
buscara cauce en la vía de la revolución. Es decir, la
democracia definida como la forma de tramitar las
conflictivas emergentes producto de desigualdades
múltiples que podían equilibrarse.
Como hemos visto, “la Noche de los Lápices” fue
producto de una selectividad del pasado en su
relación dialéctica con el presente.
¿Cómo podemos pensar hoy esa relación con las
variaciones que han ido transformando el relato?
Una de las claves fue la emergencia pública del
testimonio de otros sobrevivientes - excluidos de
las memorias canónicas mencionadas, aunque
presentes en la escena judicial - cuestionando la
trama narrativa que configura a las víctimas como
“inocentes” y restituyendo su dimensión como
militantes.

La memoria es el resultado de las posibilidades del
habla, no solo en relación a lo que se cuenta, sino
también de quien habla y de qué es capaz de
escuchar el destinatario del relato. La crisis
provocada por el neoliberalismo evidenciada hacia
fines de los noventa, echó por tierra lo poco que
quedaba de aquella democracia imaginada en los
ochenta. En democracia se había producido un
proceso de fuerte regresión de derechos, y la acción
colectiva desplegada poco pudo impedir que así
fuera. La militancia volvió a expresarse como
resistencia y de ese modo conecto con la de los
setenta subrayando el carácter político de la
violencia represiva, es decir como parte de un
proyecto de sociedad cuyos rasgos centrales podían
reconocerse en el neoliberalismo de los noventa.
“Eramos militantes, no fue por el boleto”, dijo
Emilce Moler en 1996. “Eran milicianas”, dijo Jorge
Falcone, en 2001. Y lejos estuvieron de producir un
escándalo y ensombrecer la figura de las víctimas,
relativizando la acción del victimario en tanto
podría ser leído como reafirmación del “por algo
habrá sido”. Por el contrario, el efecto generado fue
reactualizar su identidad emancipándola del
victimario, rebelándose contra el estigma impuesto
por él, para justificar la violencia. Incluso fue
posible, que emergieran testimonios sobre la
experiencia militante, críticos, como el de Gustavo
Calotti, quien en el mediometraje “Los
irrecuperables” (CPM-https://youtu.be/h91WIEFXTjo)
relativiza la capacidad de movilización de las
organizaciones a mediados de los setenta.
Pero aquel relato no solo propuso una figura en
torno a la víctima, sino también sobre el victimario.
La película “La Noche de los Lápices”, representó en
la pantalla imágenes verosímiles del horror. Por
primera vez luego de la dictadura, quienes no lo
habían vivido pudieron “ver” lo que antes no
pudieron. Fue una representación cinematográfica
que hasta el día de hoy es utilizada para “mostrar”
los hechos, como una fuente histórica diferida en el
tiempo, 10 años. A mediados de los años 80 esta
representación, la primera, tuvo el efecto de hacer
verosímil el relato testimonial de la experiencia
concentracionaria. Tan verosímil como mirable,
pues ¿quién pudiera, sin mediación del artificio, ser
espectador de alguna de aquellas escenas,
empatizando con las víctimas, eludiendo ser
atravesado por un trauma difícil de superar? Es
decir, sin ser alcanzado por el daño. Estos terceros,
son parte hoy de la escena judicial, y dan cuenta del
padecimiento vivido. En estos días declaró, Ramón
Correa, ex gendarme que había hecho guardias en
el CCD Campo de Mayo. Durante su testimonio dio
cuenta del estrago en su salud mental que esa
experiencia le había dejado: “Me arruinó la vida”,
expresó.

La película, aunque a algunos les afecte mirarla, “muestra” de un modo soportable al espectador. En esa trama, sostenida por la lógica del lenguaje cinematográfico, al tiempo de narrar a la víctima tal como decíamos más arriba, relata al victimario. Un victimario que no tiene límites, cruel y sanguinario, por naturaleza, desmadrado, que despliega una violencia desproporcionada en relación a las víctimas y, por tanto, irracional. Fue efectivo, pues no cabe otra posibilidad que repudiar al victimario. He aquí la otra lectura de ese discurso: la despolitización de los victimarios. Pues mal que nos pese, los victimarios no son producto de la barbarie, ni un desmadre de la civilización y ni una pérdida de rumbo de la humanidad, son la expresión de un proyecto político claro y atroz, con objetivos y metas, con estrategias y tácticas, que aún persiste, con otras modalidades y violencias. La segunda oleada de juicios, sobrevenida luego de la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final, y su declaración de inconstitucionalidad, se inscribe en un nuevo escenario, no solo postdictatorial sino también postmenemista, es decir, luego de las profundas transformaciones que generó el neoliberalismo. En este sentido, ha habido variaciones en las formas de significar la dictadura militar, que se han expresado en sus nuevas nominaciones: cívico militar, cívico militar empresarial, cívico militar eclesiástica. Todas ellas han trabajado sobre la naturaleza política del régimen e incluso se han abierto causas judiciales tratando de tipificar y condenar penalmente la responsabilidad civil y empresarial. Al mismo tiempo, en algunas sentencias, se ha descripto a la violencia desplegada como genocidio, remitiendo a una definición más amplia que la jurídica utilizando el concepto acuñado por Feierstein como “práctica social genocida”, dando cuenta allí del sentido político de la acción represiva. Anoto estas cuestiones porque vale preguntarnos dónde se inscribe hoy el relato de la Noche de los lápices que se está desplegando nuevamente en la escena judicial. ¿Ha quedado conservado como en el celuloide o va siendo impregnado de esos nuevos relatos que hoy se pueden decir y escuchar? Todavía no han terminado las audiencias, pero a modo de conjetura podríamos adelantar que aquel acontecimiento emblemático se expresará en sus matices, con sus tensiones, sus contrapuntos, sus conflictos. No será una voz, sino muchas, con la claridad de dar cuenta de los crímenes que se están juzgando. Vale esperar, sin embargo, que esta vez, además de ser condenados los perpetradores de los crímenes, las víctimas, todas, sobrevivientes o no, puedan ser narradas y narrarse sin estigmas, ni aquellos que los atravesaron al momento de su calvario, ni los que los siguen atravesando hoy.

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:
Más Noticias

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias