

Por Pablo Esteban (*)
En el presente, los sueños de civilizaciones enteras tienen nombre y apellido: revolución científica. Como nunca antes en la historia de la humanidad, los avances producidos en los diversos campos del conocimiento habilitan a pensar que la inmortalidad ya no es tan solo una utopía. Uno de los científicos que más mueve el avispero en este sentido es David Sinclair, genetista de la Universidad de Harvard, especializado en el campo de la longevidad. De hecho, en una entrevista reciente llegó a afirmar que “la primera persona que vivirá 150 años ya nació”. De acuerdo a su perspectiva, es posible revertir el envejecimiento, a partir de un proceso denominado “reprogramación epigenética”. Un procedimiento que consiste en restaurar el reloj biológico celular, a partir de la activación de genes específicos que comienzan a expresar las características de los tejidos jóvenes. En criollo: no solo se trataría de frenar el envejecimiento, sino también de rejuvenecer.
De acuerdo a Sinclair, una de las personalidades más destacadas del mundo de la ciencia según la revista Time, podría llegar el tiempo en que una persona cualquiera tomará una píldora durante un mes y sencillamente detener el tiempo que desgasta su cuerpo y erosiona sus funciones vitales. Plantea un cambio de paradigma: si el envejecimiento deja de ser considerado un estadio de la vida y comienza a definirse como una enfermedad que se puede curar, ¿por qué la ciencia no haría algo para revertir este proceso? Después de todo, los avances vertiginosos de campos como la biología molecular, la bioinformática y la inteligencia artificial le asisten la razón.
Eduardo Cánepa, doctor en Ciencias Químicas, investigador del Conicet y experto en el área de la UBA, comenta a Página/12: “Si bien uno puede pensar que las frases de Sinclair son muy espectaculares, también es verdad que podrían ser ciertas”. Este científico local refiere a la idea de Sinclair que postula que la persona que vivirá un siglo y medio ya nació: “Si consideramos que la persona a la que alude se encuentra en los primeros años de su vida, estamos hablando de un futuro bastante lejano. Aún la ciencia tiene tiempo para comprobarlo; es probable que la longevidad se vaya extendiendo mucho en el futuro. En los países desarrollados, durante el siglo XX, la esperanza de vida se duplicó”.
Si uno siguiera este criterio, entonces, ¿la longevidad podría duplicarse conforme transcurren los siglos? Canepa contesta: “Hay un límite para este crecimiento. La longevidad puede pensarse como una curva que cada vez se va achatando más, con una pendiente cada vez menor. Considero que tendrá un límite, pero no sabemos cuál”. Y agrega: Los trabajos de Sinclair se enmarcan en una hipótesis que considera al envejecimiento como una enfermedad. En este sentido, como para cualquier afección, podría haber fármacos y tratamientos que la reviertan. Para ello, propone una reprogramación, un reseteo de las marcas epigenéticas, para no solo detener el envejecimiento, sino incluso rejuvenecer”.
Como Sinclair declara en sus papers y artículos, el investigador de Harvard es miembro de consejos directivos, ha fundado y cofundado muchas empresas biotecnológicas que están involucradas en el mundo del envejecimiento celular. Por este motivo, no está de más destacar que tanto a él como a las compañías de las que participa, les vendría bien que las promesas de longevidad se cumplieran.
La ciencia lo hizo
En la Edad Media, en promedio, los seres humanos vivían 35 años. Gracias al agua potable, los medicamentos y el acceso a mejores condiciones sanitarias, hacia 1950, esa cifra se incrementó a 46.5 años y en 2022 llegó a 71.7 Para 2050, se estima que podría seguir incrementándose hasta llegar a los 77.3 años de promedio. Sin embargo, en el presente hay excepciones: países como Japón, Singapur, Italia y España ya alcanzan una esperanza de vida que ronda los 83 y 84 años. Algo podría estar cambiando.
En el siglo XXI, el promedio de vida podría estirarse para buena parte de la humanidad y la vejez experimentarse de una manera rotundamente diferente. En pruebas con animales, los ensayos anti-envejecimiento arrojan resultados alentadores y varios laboratorios del mundo se entusiasman. En concreto: si es posible recuperar tejidos dañados y “rejuvenecerlos”, como Sinclair ha demostrado en simios o en ratones (modelos experimentales), ¿por qué no podría suceder lo mismo con las personas? A priori, no sería tan sencillo porque ese salto al vacío entre especies es el que —en muchos casos— termina por representar el mayor de los obstáculos para ideas excelentes. Pero, para ser justos y también optimistas: con la ciencia nunca se sabe.
Canepa amplía: “Los datos que este científico presenta en revistas académicas muy prestigiosas son espectaculares. Realiza pruebas en ratones y monos, a partir de la regeneración del nervio óptico, y obtiene muy buenos resultados. El tema es que si estas técnicas de medicina avanzada se pudieran poner a punto en humanos, realmente tendrán costos considerables. No es que los precios van a bajar con el objetivo de que el avance llegue a todos”.
Si hasta hace poco tiempo, los científicos se esforzaban en sonar cautelosos, es tal la transformación que provoca la IA en todos los niveles, que algunas barreras de pudor se han eliminado para muchos hombres y mujeres de laboratorio que desbordan de entusiasmo. Gracias al aprendizaje automático computacional, es posible reconocer datos genéticos, cruzarlos, estimar relaciones e identificar aquellas moléculas responsables del envejecimiento.
Un paso más allá
Desde hace décadas, el transhumanismo cosecha adeptos gracias a consolidarse como un movimiento intelectual y filosófico disruptivo. Básicamente, sus defensores se plantean la posibilidad de una versión mejorada del homo sapiens. A partir de las bondades de la ciencia y la tecnología, en un futuro cercano la humanidad podría asistir a una versión de ser humano más fuerte, más inteligente y mejor adaptado al mundo. En este afán, sería necesario integrar cuerpos y máquinas de manera definitiva; migrar, por caso, la información presente en los cerebros a computadoras. Gracias a campos como la ingeniería genética, la nanotecnología y la biología sintética, sostienen los transhumanistas, sería factible conservar la "esencia" de cada individuo en un ordenador y vivir para siempre en entornos virtuales.
Los defensores del transhumanismo postulan que a partir de esta transformación a escala, el planeta podría conseguir el tan mentado progreso y los ciudadanos alcanzar la inmortalidad. Ya no se trata de prolongar la esperanza de vida, sino de vivir para siempre. La serie Black Mirror se anticipó a todo con el capítulo San Junípero, presentado en 2016. Al enfrentar una enfermedad terminal, una de las protagonistas enamoradas decide vivir en un “paraíso artificial”, atravesado por realidad simulada y conciencias almacenadas en computadoras. Es cierto, tan solo de una ficción, pero bien se sabe que la distancia con la ciencia se ha acotado de manera considerable.
Otra de las aplicaciones que hunden sus raíces en la necesidad de superar a la muerte se halla en la criogenización. Básicamente, los cuerpos son congelados en tanques con nitrógeno líquido. Tras eliminar los fluidos y suministrar sustancias químicas, los cadáveres se almacenan a casi 200 grados bajo cero. Parece una simple y alocada promesa, pero se calcula que existen alrededor de dos mil cuerpos que, en el presente, esperan ser “resucitados”.
De una manera o de otra, la ciencia se las ingeniará para desplazar la frontera de lo posible y alargar la vida. Para otro artículo quedarán los imponderables de lo que podría significar una transformación de este calibre. ¿Qué sucedería si, efectivamente, ya nadie muriera a los 80 años, sino que la mayoría falleciera con el doble de edad? ¿Cómo se acomodaría la sociedad, la cultura, la política y las religiones? Algo más concreto: ¿qué sucedería con el mundo del trabajo? ¿Uno podría estar jubilado por siete u ocho décadas? Lo que aún significa más: ¿quiénes podrían acceder a esta clase de tratamientos? ¿Algunos habitantes del planeta vivirían 150 años mientras que otros solo podrían aspirar a vivir la mitad?
José Saramago ya lo imaginó en su famosa ficción Las intermitencias de la muerte y a su mundo imaginado, no le fue tan bien.
(*) Nota de Pagina 12 de 30 de agosto de 2025